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Pergamino

“Casa Lalla”, donde se mantienen intactas las tradiciones del genuino almacén de barrio

Sergio, de impecable uniforme, junto a sus padres, al frente del local que, en pocos metros cuadrados, tiene todo lo que se necesita en el hogar. (LA OPINION) Sergio, de impecable uniforme, junto a sus padres, al frente del local que, en pocos metros cuadrados, tiene todo lo que se necesita en el hogar. (LA OPINION)

En 1940 esta familia pergaminense adquirió la casona ubicada en Paraguay y Laprida, donde ya funcionaba un expendio de bebidas y ramos generales. Herencia de sus abuelos maternos, hoy Sergio Matcovich trabaja detrás del mostrador con la compañía de sus padres. En vísperas del Día del Almacenero LA OPINION recoge la esencia de esta actividad.


A pesar de que muchas costumbres cambiaron y hasta se puede llenar la alacena comprando on line, en la tradicional esquina de avenida Paraguay y Laprida subsiste el trato personalizado con el cliente, a partir del cual el almacenero detecta las preferencias de sus consumidores y hasta conoce que, a cierta altura del mes, tiene que habilitarle el “fiado”.

“El 1º de abril de 1940 mi abuelo, Don Lalla, padre de mi mamá Elsa, firma los papeles para la compra de este lugar que, según cuentan los vecinos, perteneció también a una familia que estaba en el rubro almacenero, por lo que hace más de 90 años que en este lugar del barrio Acevedo hay un negocio del ramo”, cuenta Sergio, el hijo del matrimonio constituido por Mariano Matcovich y Elsa Lalla, que siguen acompañándolo en la labor todos los días desde la mañana temprano.

“Es una herencia que recibimos de mi abuelo Lalla, el anterior propietario del negocio, que también tenía despacho de bebidas, algo muy tradicional en ese entonces; él se los deja a mis ‘viejos’ para poder lograr una continuidad familiar, desde aquellos tiempos donde este tipo de negocios eran un punto de referencia para la gente”, señala quien hoy está al frente de este almacén que mantiene la costumbre de llevar los pedidos al domicilio del cliente: “Seguimos el reparto con la bicicleta tradicional, es más, ahora sumamos una segunda ‘bici’ para poder cumplir con nuestra gente todos los días”, dice Sergio mientras muestra la flamante incorporación que es conducida por un colaborador que trabaja a la par de ellos. “Cuando no doy abasto con la entrega, salimos con ésta (señalando el rodado) para que antes del mediodía esté el pedido en la casa”.

Cosas que no cambian

Los viejos almacenes, de esos que había dos o tres por barrio, persisten y son muy valorados por la gente en su rol de “salvadores” de los faltantes de última hora. Si bien mantienen intacta su esencia, las formas han cambiado –aunque más lentamente- con la llegada de la tecnología: cambió la antigua balanza de plato por la moderna electrónica o digital, el detalle de los gastos realizados salieron de la tinta y el papel para pasar a los tickets que computa la máquina registradora. Pero de un lado y del otro del mostrador, hay cosas que nunca cambian: el conocimiento mutuo, la empatía por la realidad del otro.

“Nosotros en ‘Lalla’ seguimos tanto con el reparto como con algunas libretas que nos quedaron de gente que nos compra desde hace décadas; los primeros días del mes hay jubilados que directamente abren el sobre de la jubilación delante nuestro para pagar la cuenta, y de esa manera siguen con la tradición que realmente nos gusta mantener con esta gente maravillosa que confía en nosotros”, destaca Matcovich durante la charla que mantiene con LA OPINION.

Siempre con la familia

Hace mucho tiempo los almacenes eran similares a las fondas en donde prevalecían algunos productos (no había tanta variedad) distribuidos en las altas estanterías a las que se podía llegar con una escalera que el vendedor tenía siempre a su lado. “Mi papá era empleado de ‘Casa Alonso’, que estaba en calle Lagos al 500; y cuando se casa con mi mamá decide dejar ese lugar y venirse para el negocio porque funcionaba bastante bien”, recuerda Sergio ante la atenta mirada de sus padres que permanecen durante horas en uno de los laterales del local, saludando con la misma amabilidad de siempre a quienes van siempre como a aquellos desconocidos que paran “de pasada” a comprar algo que quizás se habían olvidado de comprar en algún gran supermercado.

Hace más de dos décadas que Sergio está en el negocio, él se encarga del reparto tal como se hacía en 1940 y sumó desde hace unos años a Damián, su hijo, que está con la elaboración de comidas rápidas. En algún punto, como antaño, los almacenes de barrio siguen cumpliendo su rol de fondas. “Las milanesas que hace en su casa y me deja acá en el negocio para que yo se las venda”, cuenta orgulloso el padre, que luce una pulcra chaquetilla azul con el nombre del almacén bordado en color blanco.

La palabra agradecimiento sale una y otra vez de su boca cuando habla de sus vecinos y amigos, porque “más que clientes son amigos”, señala Sergio mientras que atiende y les cuenta que le están haciendo una nota para LA OPINION.

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