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Día del Inmigrante: nosotros y nuestros antepasados

A nuestros abuelos no le cabían las disquisiciones filosóficas, vinieron a trabajar y así lo hicieron. (ES.WIKIPEDIA.ORG) A nuestros abuelos no le cabían las disquisiciones filosóficas, vinieron a trabajar y así lo hicieron. (ES.WIKIPEDIA.ORG)

Este miércoles se celebra el Día del inmigrante. Se estableció el 4 de septiembre mediante el Decreto Nº 21.430 de 1949 para recordar la llegada de los inmigrantes al país. El historiador local Luis María Libera Gill se refiere a esta fecha en el siguiente artículo.


Muchos de nosotros, la gran mayoría, somos descendientes de esa miríada de inmigrantes que llegaron a nuestras tierras, en diferentes épocas y barcos, pero todos cargados de un mismo y común ideal, tratar de provocar un cambio en sus vidas, en la seguridad que venían a estas tierras alejadas y desconocidas, pero feraces y opulentas, extensas y ubérrimas en las que era posible proyectar un futuro mejor.
Muchos de nosotros nos hemos planteado alguna vez ¿a qué recóndito lugar pertenecerían los sueños de nuestros abuelos y bisabuelos inmigrantes?, ¿Por qué hablaban tan poco y en muchos casos se fueron con sus recuerdos de origen, sin poder contarlos?, Cuánto dolor, añoranza, cuántos deseos de tener filmaciones, grabaciones, donde narraran en extenso el dolor de la pérdida.
Algunos con dificultad en el idioma, aprendiendo uno nuevo, ajeno, difícil, extraño, otros, simplemente en el mismo idioma, pero tan extraño, tan distinto.
Pequeños desfiladeros en las montañas, hermosas y dilatadas campañas, puertos de aguas profundas frente a un mar que siempre fue azul, como el cielo; todo eso se ve ahora, en que la comunicación es extraordinaria.
En esos paisajes de ensueño, pero atravesados por las crisis, las hambrunas, las guerras, la desesperación, el odio, había quedado la cara sonrojada y triste de una madre que pensó que no era definitivo, que los volvería a ver; que había engendrado para estar junto a, para compartir, para vivir la mesa servida como cada domingo, no importa con qué…, pero juntos.
Y el dolor en cada carta, aunque cortas, difíciles, escritas vaya a saber por qué voluntarioso, dueño de las palabras, cargadas de amor, de deseos, de recuerdos. ¿Cuáles eran más las intricadas las que se recibían? Que seguro debían decir que allá en España o en Italia, Croacia, Alemania o donde fuera, las cosas estaban perfectas, que de nada había que preocuparse, que todo marchaba bien. ¿O las que desde aquí se escribían?, cuántas veces se ensayaban esos párrafos, tantas, que en situaciones pasaban años sin escribirlas. Y esa foto de cuando el nene cumplió años y se pudo ir al fotógrafo, allá viaja para que lo conozcan sus tíos, sus abuelos y se detendrá en el tiempo, pasarán años y los catalanes, vascos, irlandeses, sirios y libaneses, sanmarinenses, seguirán viendo la misma imagen, como si el mundo se hubiera detenido en ella.
Y viceversa, aquella otra que alguna vez llegó y marcó un territorio de ilusiones, quedó grabada en la retina y el recuerdo, se veía a los padres, los abuelos, los hermanos, también fijos, imposible de imaginar allí el paso de los años, era igual, siempre, no envejecían, no se casaban y vivían por siempre.
Claro que no todo en la vida son recuerdos. Porque pasarán los años y llegarán los amores, los hijos, formarán una familia, y aquel dolor profundo, se aleja como se alejan las cartas.
Y desde luego que lo que hacemos acá, no tiene nada que ver con los que hacíamos allá, pero es el destino y lo entendemos, debemos aprender nuevos oficios, acá no hay guerras, nada se quema, solo se gasta de usarlo, de trabajarlo… y entonces hay que trabajar, dispuestos a progresar, no se entendería tanto sacrificio, tanta angustia, si no hubiera sido con un objetivo: progresar.
Y de la mano de los hijos que se hicieron operarios en las fábricas, trabajaron la tierra, se hicieron talabarteros, peluqueros, carpinteros, herreros, todo lo que aquí faltaba, construimos nuestra propia casa, en la ciudad o en el campo, en los barrios más céntricos o en los más alejados, no importa… es nuestra. Y hasta allí llegaron los hijos de nuestros hijos, nos visitaron, nos regalaron con sus vidas, con su amor y… aquella vieja foto llena de recuerdos, ya se convirtió en anécdota para ellos.
Y fue tal el compromiso con esta tierra, que muchos de acriollaron y aprendieron las costumbres de la tierra que los había cobijado, pialando, encerrando, marcando, haciendo algo más por la formación de la nacionalidad. Aportando y creyendo en el futuro.
En época de grandes migraciones, de tragedias provocadas por las mismas, de dificultades y desentendimientos, de fronteras que no debieran serlo, de desigualdad en la distribución, éste que contamos, es un cuento con final feliz.
Y aquí no juzgamos si fuimos o no un crisol de razas, si debió llamarse así o si es injusto con los pueblos originarios, solo recordamos esa epopeya, la de los inmigrantes que llegaron en el siglo XIX y hasta mediados del XX; en la inmensidad de esta llanura, nosotros no somos nietos de conquistadores, sino nietos de chacareros, a nuestros abuelos no les cabían las disquisiciones filosóficas, vinieron a trabajar y así lo hicieron.
Luego vendrán otros inmigrantes, con costumbres diferentes y como aquellos tratarán de formar sus propias asociaciones, manteniendo relaciones entre sí. El país sigue siendo apto para todos, solo que ahora, se ven con sus tablets y establecen comunicaciones diarias, entonces el dolor, no es tan insoportable.

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