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Pergamino

El VIH en primera persona: la crudeza y sensibilidad de un testimonio real

Pamela Rodríguez afirmó: “No me da vergüenza decir que convivo con el HIV”. (LA OPINION) Pamela Rodríguez afirmó: “No me da vergüenza decir que convivo con el HIV”. (LA OPINION)

Pamela Rodríguez es conocida socialmente por su lucha por la diversidad. Convive con el virus hace más de tres décadas. Su relato muestra las evoluciones y asignaturas pendientes en torno a una enfermedad que todavía genera discriminación. Coordina el Consultorio Amigable, un espacio donde hay 108 historias clínicas abiertas.


Este sábado fue el Día Mundial de la Lucha contra el VIH Sida y la efeméride nuevamente concentró la mirada en las acciones que se requieren para no desatender este problema de salud y mantener viva la conciencia respecto de la importancia de la prevención. Aunque en los últimos años han sido significativos los avances en lo que atañe a la evolución de los tratamientos volviendo la enfermedad crónica, el VIH sigue siendo un tema que ocupa la atención. Quienes conviven con el virus saben que aunque se ha crecido mucho en la información, hay un camino que resta recorrer para hacer de la discriminación una actitud que pueda desterrarse.

En esta oportunidad, LA OPINION recogió el testimonio de Pamela Rodríguez, una activista de la comunidad Lgbtiq+. Su voz es conocida socialmente por su lucha en favor de la diversidad y el respeto a los derechos humanos. Esta vez su palabra ahonda en su vida personal, ya que desde hace más de tres décadas convive con el virus del Sida. Lo que señala, al tiempo que refleja una historia de vida real y compleja en muchas de sus aristas, también muestra la evolución que se ha tenido en relación a esta enfermedad, a pesar de que a su juicio hay barreras como las de la discriminación que cuesta sortear.

Lo expresado es un insumo valioso para contribuir a la toma de conciencia respecto del cuidado en relación a una patología que si bien ha pasado de ser catalogada como mortal a crónica, no deja de suponer un problema para las personas que la padecen y un desafío para la ciencia que sigue trabajando en mejorar los tratamientos y lograr una vacuna que la prevenga.

Cuando ella fue diagnosticada, a las personas con VIH positivo se las rotulaba como “sidosas” y se las atendía en el patio de los hospitales por miedo a que el solo contacto pudiera contagiar. “Era la época de la ‘Peste Rosa’, se creía que era una enfermedad que solo afectaba a los homosexuales y a las prostitutas”, refiere aceptando que en aquel momento para ella el ejercicio del trabajo sexual era la única opción para ganarse la vida y sostener a su madre.

Su llegada al diagnóstico

A los 14 años fue expulsada de su núcleo familiar por su condición. Lo cuenta en el inicio de la charla para señalar cómo eso de algún modo signó su camino. Se fue a Rosario, más tarde a Buenos Aires y luego a Brasil para ejercer la prostitución. Aunque nunca supo el momento exacto, está segura que alguno de sus clientes la contagió. A las condiciones discriminatorias de la época y la promiscuidad de las acciones, se le sumó su adicción a las drogas y el alcohol como consecuencias irremediables de la vulnerabilidad en la que vivía. “Supe que tenía VIH a los 18 años, cuando fui a consultar al Hospital Fernández por un ataque de hígado. Salí de allí con el diagnóstico positivo de una enfermedad de la que se conocía casi nada. Y me dije a mí misma: ‘No estoy enferma’ y seguí con mi vida como si nada; en ese momento trabajaba en los bosques de Palermo”.
Eso pasó durante dos años, hasta que el cuerpo dijo “basta”. “Terminé internada en el Hospital Muñiz sin conocimiento y cuando me desperté me dijeron que mis defensas estaban muy bajas”.

“Era una época en la que a los pacientes con Sida nos atendían en el patio porque no querían que nos mezcláramos con la gente porque era tanta la ignorancia que pensaban que por estar respirando a la par de otra persona la íbamos a contagiar”, relata, confesando: “Así era la ignorancia nuestra y los miedos contra esta enfermedad”. “Era un momento en el que nadie tenía conciencia de lo que significaba el Sida. No teníamos conciencia porque no teníamos acceso a la salud”, agrega. “Ser travesti era un gran condicionante para acceder a la salud, te llamaban con tu nombre de varón y más de un médico nos cerraba la puerta en la cara”.

El principio de la salvación

Consiguió tratar su enfermedad cuando tomó la decisión de radicarse en Neuquén. Allí participó junto al Obispado de la creación de la Asociación Civil “Conciencia Vida”, para la asistencia de homosexuales y personas trans infectados con VIH. Asegura que ese lugar fue su salvación. “Nos pagaban el alquiler, la comida y había que retribuir estudiando. Empezamos a trabajar con Cáritas, nos presentaron psicólogos que nos ayudaron e informaron mucho sobre esta enfermedad”.

Siguió ejerciendo la prostitución, pero con “mayor conciencia”. “Tenía que seguir trabajando porque mantenía a mi mamá, que cuando yo empecé a ganar plata dejó de trabajar de sirvienta”, cuenta, mostrando una arista sensible de su historia de vida. “Aun trabajando, comencé a cuidarme de otra manera. Empecé a tener conciencia y comencé a pensar en los demás”, afirma, recordando las “grandes peleas” con los clientes porque “fuimos aprendiendo que con nuestro descuido poníamos en riesgo la salud de otras personas”.

Vencer prejuicios

Regresó a Pergamino en el año 2000, cuando falleció su padre. Llegó con otra conciencia respecto del VIH y con otro cuidado en relación a su salud. “Era activista y estaba en tratamiento. Pero no resultó fácil porque la discriminación era muy importante”. Salvando lo que históricamente había sido la atención de los pacientes con VIH en la vieja sala de Virosis, el resto del sistema no contaba con espacios “amigables”.

“Cuando nos sacaron de Virosis, en el Hospital nos mandaron al lado del baño, totalmente expuestos”, refiere, lamentando que la discriminación siga siendo el principal obstáculo que deben sortear las personas con VIH. Reconoce que su condición de “activista” no le hizo más sencillo el camino, por el contrario le valió más de un inconveniente porque “nunca me callé la boca”.

“Me costó mucho; fui prostituta, drogadicta, alcohólica, he vivido las cosas malas que pasan en la noche. Pero nunca mentí ni le robé nada a nadie. Llego a la ciudad con la escuela de Neuquén que las monjas y los curas nos acompañaban, concebía el activismo avalado por la Iglesia, y aquí las puertas no estaban tan abiertas. Hubo que empezar de cero y hacerlo a pulmón para que la sociedad pudiera abrir la cabeza”.

“Me criticaron mucho cuando dije que el Sida en Pergamino era una pandemia. Trataron de que me callara la boca porque la gente se iba a asustar. En verdad yo estaba describiendo una realidad: en el Consultorio Amigable tenemos 108 historias clínicas, en el Hospital hay 26, en el Fernández hay 62 personas de Pergamino atendiéndose, en el Muñiz 13, en el Ramos Mejía 14; y 104 personas viajan al Hospital Centenario”. Considera que respecto de la enfermedad, lo que ha evolucionado es la conciencia, sobre todo de los más jóvenes. Aunque observa con preocupación que el hecho de que el VIH sea una enfermedad crónica “hace que algunos cuidados se relajen”.

Cambio de hábitos

Dejó la prostitución cuando consiguió insertarse en el mercado laboral en el año 2010. “Siempre voy a estar agradecida a ‘Cachi’ Gutiérrez que me dio la posibilidad de acceder a un empleo digno en la Municipalidad. Lo único que me pidió a cambio fue que estudiara. Y a través del Plan Fines obtuve mi título de bachiller. Así aprendí a trabajar y estudiar algo completamente distinto. Hasta ese momento todo lo que había visto en mi vida era prostitución, alcohol y drogas”.

Reconoce que hace muchos años aprendió a convivir con su enfermedad. “Le tuve miedo a la muerte”, confiesa. Ese temor la impulsó. “Durante muchos años tuve que seguir prostituyéndome porque no había ninguna casa de caridad que recogiera a homosexuales con Sida. Lo que hice fue seguir el tratamiento, controlar mis adicciones y aprender a vivir con el VIH. Cuando conseguí insertarme en el mercado laboral me cambió la vida”.

Sin vergüenza

Hoy tiene 49 años. “No me da vergüenza decir que convivo con el VIH. Estoy muy bien, una vez que logré negativizarlo gracias a la medicación no tuve una reinfección. Cuando aprendí a convivir con la enfermedad y a modificar mis hábitos de vida, todo cambió. De morirme no tengo ganas, así que me cuido mucho”, afirma. Provocadora y realista, sostiene la paradoja de que “el Sida puede ser una salvación para muchos porque te obliga a cambiar tus hábitos. Si antes eras discriminado por ‘negro’ y pobre’, ahora hay otro motivo por el cual te pueden discriminar: por ‘sidoso’. Eso obliga a cambiar algunas cosas, para tratar de estar bien”.

Sabe que enterarse del diagnóstico es algo fuerte. Se lo dice a la gente que llega al Consultorio Amigable. Pero conoce también que luego de la fase de negación del comienzo, sobreviene la conciencia: “Del VIH hay que ocuparse porque de lo contrario te derrumba. Y a eso hay que sumarle la discriminación. Socialmente se sigue segregando al portador y eso es lo que lleva a la muerte”.