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Pergamino

“¿Qué es estar en Malvinas?”, las sensaciones de un pergaminense que fue a vivir la experiencia

Emanuel Antúnez Clerc en el cementerio argentino de Darwin con la Bandera Argentina. (EMANUEL ANTUNEZ CLERC) Emanuel Antúnez Clerc en el cementerio argentino de Darwin con la Bandera Argentina. (EMANUEL ANTUNEZ CLERC)

Emanuel Antúnez Clerc fue, como tantos otros a lo largo de los años desde que se puede viajar a las islas, a pisar suelo malvinense con el fin de vivir sensaciones tras lo que sucedió allí en 1982. Su faceta de comunicador y su percepción de periodista nos motivaron a entrevistarlo para que narrara las vivencias que transcurrieron durante una semana.


Viajar a las Islas Malvinas tiene para todo argentino una connotación diferente a la de cualquier ciudadano de otra parte del mundo. Consideramos –y con nuestras valederas e irrefutables razones para que así sea- que es nuestro territorio y, además, allí yacen muchos de nuestros héroes que ofrendaron sus vidas por una causa nacional, aunque después se conocería las verdaderas motivaciones de una guerra que nunca debió haberse librado.
Por eso a muchos argentinos les aparece la inquietud de llegar a ese inhóspito territorio, tal vez con el fin principal de comprender parte de la historia al experimentar en carne propia (aunque en otras circunstancias) lo que significa estar allí, en el mismo territorio donde en el invierno de 1982 nuestros jóvenes conscriptos y soldados fueron llevados a una guerra inútil, desproporcionada, casi sin instrucción ni armamento, ni ropa ni comida, todas dificultades que fueron suplantadas con patriotismo, heroicidad y compromiso, al punto de haber librado batallas memorables contra una de las tropas más profesionalizadas del mundo.
Esa inquietud de pisar las islas las tuvo el pergaminense Emanuel Antúnez Clerc, periodista, comunicador, que tuvo un paso por LA OPINION donde dejó los mejores recuerdos profesionales y humanos, y que en un momento decidió adentrarse en otros caminos laborales. En la actualidad y desde hace varios años de responsable de la comunicación en la empresa AgroActiva.
Emanuel es, además, un viajero compulsivo, que lleva recorridos casi todos los puntos del país y varios del exterior. Pero Malvinas era una materia pendiente muy especial.
Por eso hablamos con él, para que narre sus sensaciones de haber estado en Malvinas.
-¿Desde cuándo tuviste la inquietud de ir a Malvinas y cómo fuiste gestando el viaje?
-Una vez una persona (que viajó a las islas pero no como combatiente sino como turista) me dijo “no podés hablar de Malvinas si no fuiste”. Más allá que no comparto esa manera de expresarse me generó la inquietud de pensar ¿por qué me lo habrá dicho? Además, somos junto a mi novia “viajeros crónicos” y destinamos el tiempo y dinero producto de nuestros trabajos para conocer Argentina y el mundo (aunque en esta oportunidad lamentablemente ella no pudo acompañarme). Entre los lugares de nuestro país incluyo obviamente las Islas Malvinas y luego de ir recorriendo Argentina llegó el momento de casi completar el territorio nacional yendo a las islas. Por supuesto, una vez tomada la decisión de ir el objetivo principal era rendir un merecido homenaje a nuestros héroes. Desde adolescente me ponía en la piel de los soldados y pensaba lo que era yo a los 18 años, lo que hubiese sido ir a la guerra a esa edad, ver muerte, y la causa Malvinas estuvo en mí siempre. Estoy convencido que nuestros héroes no tienen el reconocimiento que merecen, el respeto que merecen y el acompañamiento del Estado que merecen. Un excombatiente me agradeció por lo que hice y me avergoncé enormemente. Le dije: “Señor con todo respeto yo no hice nada importante. Somos nosotros, todos los argentinos, quienes debemos agradecerles a ustedes por el valor, la audacia, el coraje y el heroísmo de su accionar en Malvinas”.
-¿Cómo se organiza un viaje a Malvinas?
-No tiene la complejidad que quizás se cree, pero hay que tener en cuenta algunos aspectos. No hay demasiada información, es un destino muy poco frecuente para los argentinos, aunque mi agencia de confianza (Cubata) se esforzó en conseguirnos algunos datos. Luego empezamos a buscar en Internet –la página www.unirmalvinas.com tiene mucha información de utilidad- y a sacar las cuentas para todo lo que necesitaríamos invertir.
Desde Argentina se debe volar partiendo desde Río Gallegos con un vuelo de la aerolínea Latam que es únicamente los segundos sábados de cada mes. Hay que quedarse una semana en las islas ya que el retorno es únicamente el tercer sábado de cada mes, por lo que hay que contemplar el alojamiento que no es muy abundante en Malvinas (menos aun en invierno cuando viajé yo, debido a que algunos establecimientos rurales solamente abren en verano).
Lamentablemente se debe tener pasaporte porque, aunque nunca vamos a aceptar esa injusticia, estamos entrando a otro país, en este caso el Reino Unido de Gran Bretaña. No se requiere de visado alguno, aunque sí exigen un seguro especial de viajero que se puede contratar con cualquier agencia. En mi caso fui a una casa de huéspedes y contraté un vehículo para movilizarme en las islas y poder recorrer distintos lugares. También pueden contratarse tours, pero no es mi estilo de viajes ya que me gusta siempre hacerlo de manera independiente, yendo a lugares quizás no tan de turistas e interactuando con los locales. Las comunicaciones son muy complicadas por la deficiente señal telefónica y porque, aunque en algunos bares haya WiFi, hay que comprar una tarjeta para poder usarlo.
-¿Cómo es el viaje?
-Un poco continuando con la pregunta anterior, en nuestro caso debemos ir a Buenos Aires y de allí un micro o avión a Río Gallegos. Hacer noche en esa ciudad ya que, generalmente, se recomienda llegar un día antes de la partida del vuelo a Malvinas por cualquier inconveniente. Luego es un vuelo de no más de una hora y cuarto hacia el aeropuerto de Mount Pleasant, desde allí recomiendo tener contratado de ante mano un servicio de transporte porque Puerto Argentino está a una hora y media del aeropuerto.
-¿Qué sensación tuviste al poner un pie en las islas?
-Sin planearlo viajamos junto a siete excombatientes y las charlas que tuvimos en el aeropuerto y en el vuelo fueron sembrando aun más sensaciones indescriptibles. Muy difícil, por no decir imposible, graficarlo en palabras. Sentí orgullo, tristeza, sentir que estás en casa pero que algo no es como debería, bronca, impotencia. A medida que pasan los días, que hablo con mis amigos, con mi familia, con mis compañeros de trabajo sobre el tema voy tomando dimensión del lugar en que estuve. Además hay que tener en cuenta que el aeropuerto es una base militar, muy diferente a los aeropuertos comerciales y lo hacen notar desde un primer momento.
-¿En algún momento se puede separar el hecho de estar en Malvinas de lo que sucedió allí en 1982?
-Siendo argentino lo veo difícil, o al menos yo no pude. Porque estás en suelo argentino pero tenés que usar otra moneda, hablar en otro idioma, conducir por la izquierda. Quizás si es un turista de otro país que llega en un crucero de un día, lo llevan a recorrer lugares de naturaleza, a ver pingüinos y esas cosas, puede pasarle desapercibido.
De todas formas en todos lados hay recordatorios, monumentos, homenajes, sitios históricos que refieren a la innecesaria, inútil e incomprensible guerra de 1982. También, cuando se sale de la capital, Puerto Argentino, se observa una militarización de las islas y circulando por la ruta cruzábamos militares en adiestramiento, aviones de combate y helicópteros haciendo maniobras teniendo en cuenta que en Mount Pleasant viven cerca de dos mil militares enviados por la Corona británica.
-¿Cómo fue el itinerario de una semana en las islas?
-El sábado llegamos casi a la nochecita a Puerto Argentino por lo que fuimos al supermercado a proveernos para la semana y a dormir (a las 6:00 de la tarde cierra prácticamente todo). Domingo y lunes teníamos pensado recorrer la ciudad, por lo que habíamos alquilado el vehículo desde el martes para ir a distintos puntos de la isla que eran de nuestro interés. Pero es tan chica la capital que el domingo al mediodía ya habíamos visitado todos los sitios importantes, así que nos sobraba el lunes antes de ir para “el interior”. Tomamos contacto con el argentino que nos había alquilado el vehículo y el lunes nos llevó hasta la base de los montes donde se libraron las batallas para indicarnos por donde caminar hacia los mismos. Como era temprano decidimos, con mi mamá que fue en esta ocasión mi compañera de viaje, en ese mismo momento ir hasta la cima del Tumbledown para rendir nuestro primer homenaje a los héroes. Nevó, hizo mucho frío, nos llevó un par de horas entre subir y bajar pero incluso mi mamá, con sus 64 años, se bancó esas condiciones con el único fin de llevar a la cruz que hay en la cima las ofrendas.
Ya al día siguiente con movilidad empezamos a ir a las zonas cercanas de Puerto Argentino, para adaptarme a la conducción por la izquierda. Visitamos lugares con turismo de naturaleza, la playa (en la que obviamente no nos bañamos) y volvimos temprano para preparar la siguiente jornada que era la más esperada. Partimos temprano rumbo al cementerio argentino de Darwin y luego de unas dos horas de viaje por una ruta de a ratos pavimentada y de a ratos de ripio llegamos a ese punto perdido, pasando por una tranquera, a más de 500 metros de la ruta, entre lomadas (para que no se vea desde ningún lado nos enteremos después), solitario en el que descansan 237 de nuestros caídos en batalla. Hacía un frío tremendo, soplaba un viento que calaba los huesos, de a ratos nevaba y con mi mamá estábamos solos en ese lugar. Cada uno tomó para un lado distinto del cementerio, creo que ninguno quería que el otro lo vea llorar y sin decirnos nada salió así.
En mi caso quería encontrar la tumba de uno de nuestros caídos pergaminenses, Aldo Patrone, para dejar un rosario. Además tenía otras ofrendas (un denario y dos banderas argentinas) que fui dejando en tumbas donde descansan los restos de “soldado argentino solo conocido por Dios”. Estuvimos alrededor de una hora, casi sin hablarnos con mi mamá, viviendo cada uno a su manera uno de los momentos más movilizadores de todos nuestros viajes. Seguimos ese mismo día al cementerio británico en San Carlos, a Goose Green (Pradera del Ganso) donde se libró una de las batallas más cruentas de la guerra y llegamos incluso a la zona costera de New Haven.
El jueves era el momento de ir a Monte Longdon y otra vez bajo lluvia y a veces nieve emprendimos la caminata de una hora y pico por la turba, con agua arriba de los tobillos. Reitero que hay tours que te llevan en camioneta incluso hasta la cima, pero nosotros queríamos experimentar ese clima, ese terreno tan hostil y sentir (en una ínfima parte) lo que vivieron nuestros héroes. Llegué solo esta vez a la cruz. En el camino vimos los restos de las trincheras, los cañones –que luego los excombatientes me contaron nunca anduvieron-, las cocinas de campaña y dediqué un rato a estar en silencio, por respeto, para rendir un pequeño homenaje. Luego al regresar unos 40 minutos más tarde me desorienté un poco y perdí a mi mamá, que se había quedado más abajo, y sentí una soledad enorme, me asusté, lloré, grité (ella no lo sabe); hasta que nos encontramos, tomamos unos mates y caminamos esos 4,5 kilómetros por la turba nuevamente hasta el camino.
Por último, el viernes fuimos a lugares con menos contenido emocional, para sacar fotos y traer algún recuerdo para nuestros familiares de las escasas tiendas que hay en la ciudad. Además las pocas cosas que se venden tienen una bandera que no es la que debería tener, no es la argentina y entonces de ninguna manera podría tener algo así, ni para mí ni como obsequio.
-¿Cómo es el trato de los isleños con los argentinos o al menos cómo fue tu experiencia?
-En mi caso no tuve ningún problema. Sabía de un bar en el que no somos bien recibidos y no fui. En todos los otros negocios, bares, transportes, banco, etcétera siempre el trato fue cordial, sin gestos ni palabras que hagan notar que no somos bienvenidos. Es cierto que se deben cumplir ciertas normas de convivencia ya que mostrar una bandera argentina, usar uniforme militar argentino o acciones similares en público pueden ser consideradas ofensas y traer algún inconveniente.
-Muchos aseguran que estar en Malvinas es como situarse en una aldea rural de Gran Bretaña. ¿Lo viste así?
-Sí, en cierta forma es así. Puerto Argentino tiene alrededor de 2.500 habitantes, como Acevedo para tener una referencia. Las casas son de madera, con techo a dos aguas mayoritariamente de color verde o rojo, la vida es extremadamente tranquila, segura y también aburrida. Como comenté anteriormente, a las 6:00 de la tarde cierra todo y solamente quedan las tabernas, clásicas tabernas, en las que los locales se juntan a beber.
En el resto de la Isla Soledad, la más al este y la más poblada a la vez, hay algunos poblados de unos 50 a 80 habitantes como Goose Green, North Arm, Puerto San Carlos, entre otros que suman unas 500 personas. En la Gran Malvina no son más de 500 habitantes con población dispersa y estancias de cierta extensión, en las que se crían ovejas.
-¿Crees que para tener una noción acabada sobre lo que pasaron nuestros conscriptos y soldados es necesario al menos una vez pisar suelo malvinense?
-No quiero caer en la misma posición que de la persona que me dijo que no podía hablar de Malvinas sin haber ido, pero sí puedo decir que estando allá se puede comprender más, no el porqué de la guerra que será siempre desde mi parecer una aberración más de la dictadura, sino el heroísmo de los soldados argentinos que contra todo lucharon por la Patria.
-Alguna anécdota del viaje…
-Tengo muchas, pero dos son quizás las más llamativas. Cuando fuimos a Goose Green cruzamos a los militares en la ruta, pasamos al lado de ellos con la camioneta y al pisar un charco con agua lo empapé a uno. Para colmo fuimos unas horas más tarde al único bar del pueblo y estaban todos los mismos militares comiendo, rodeados de banderas británicas y uniformes de combate. Me hice el distraído olímpicamente.
La otra es que me detuvieron por exceso de velocidad en la ciudad, iba a 45 y el máximo era 40 y son muy estrictos. Tuve que bajar de mi vehículo, me abrieron la puerta trasera del patrullero y me subieron, me asusté mucho. Sin embargo luego de un interrogatorio sobre lugar de alojamiento, personas con las que tenía contacto en la isla, período de estancia, actividades que hacía, sitios a los que había ido, etcétera entre risas el oficial de Policía me dio una palmadita en la mano a modo de “castigo” y me dejó continuar mi camino.
-Una reflexión final…
Las Malvinas son y serán siempre argentinas. Honor y gloria a todos nuestros héroes.

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