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Pergamino

Roberto Herrera, una voz necesaria que todos debemos escuchar

Roberto Rafael Herrera es un conocido neurocirujano nacido en Pergamino. (LA OPINION) Roberto Rafael Herrera es un conocido neurocirujano nacido en Pergamino. (LA OPINION)

Es poco adepto a expresarse públicamente, salvo por sus conferencias médicas, pero el dictado de unos seminarios, situación habitual para el neurocirujano local, disparó en él la necesidad de divulgar su opinión sobre nuestra sociedad y la clase política. Una lectura ineludible que LA OPINION transmite gracias a la gentileza del doctor Herrera.


No me gusta mezclar Medicina con la Política. Pero en qué malas manos hemos estado durante tantos años. En esta semana con un gran equipo de trabajo, organizamos dos cursos de Neuroanatomía y Neurocirugía. Uno en la UBA y otro en la UNR. He visto con enorme satisfacción a cientos de jóvenes de Argentina, Brasil, Ecuador, Paraguay, Venezuela, de todos lados, ávidos de aprender. Con sus cuadernos, sentados durante la dos largas jornadas que duraron los cursos sin que ninguno se fuera o se levantara de sus asientos. Respetuosos, preguntando, escuchando. Y me preguntaba a mi mismo una y otra vez: ¿cómo con la riqueza de esta juventud estamos tan mal como pueblo, como país?
Las dos Universidades donde estos jóvenes pasan horas de su vida sacrificando sueño y alimentación, tienen un atraso edilicio de más de 30 años. Todo da pena. Las mismas puertas, las mismas ventanas, sillas, nada cambió por lo cual todo está peor. Sin embargo, los docentes con una abnegación admirable y los alumnos... todos están ahí, siguen ahí, quieren un futuro digno, un título que les permita ser alguien y además servir al prójimo y a la Patria, a quien los políticos no deberían ni nombrar.
Terminan los cursos y salgo reconfortado. Pensando en cuando vamos a poder hacer otro para colaborar en la formación de esa hermosa juventud. Me olvido que en los baños los inodoros no tienen tapa, que en esos inmensos salones no hay estufas para pasar el invierno y que me tengo que secar las manos en el pantalón. Estoy feliz.
Pero hoy es domingo y leo los diarios y veo cuál es la causa de tantos males. Son los políticos. De uno y otro lado. Ellos viven en el país que se fabricaron sólo para ellos y en el que nosotros no tenemos lugar.
Yo quiero opinar. Y como todos opinan sin estudio ni formación, sin ser nada, yo también quiero opinar. Algunos opinan porque son amigos del Papa y se adjudican aires revolucionarios y hasta Sanmartinianos, otros opinan porque no quieren ir presos, algunos porque nos quieren seguir robando y otros porque quieren empezar a robar. No lo sé pero todos opinan, entonces yo que hace 60 años que estudio, que he dado clases y conferencias por todo el mundo, que he desarrollado con decencia e idoneidad una profesión, quiero también opinar. A mí no me van a escuchar muchos porque no tengo una familia represora ni un desaparecido que me haga pensar que soy más que los otros, ni voy al juzgado con carteras de 4.500 dólares ni participé en ningún hecho de corrupción, no tengo vínculos con el narcotráfico, no me compré un club de futbol, no soy un sindicalista que toma Whisky Blue Level, no soy un mediocre conductor de TV, es decir, no hice nada para que los medios me pregunten a mí ni a tantos como yo que es lo que opinamos. ¿A quién puede importarle lo que gente como nosotros pueda decir u opinar? Pero voy a opinar igual.
Lo primero que hay que hacer es disminuir el número de políticos. Sacarles el negocio de la política. Disminuir senadores y diputados al mínimo, nacionales y provinciales, los consejos deliberantes en cada ciudad al mínimo posible y quien necesite un asesor que se lo pague, porque si no estaba capacitado o no sabía, no podía presentarse a ese cargo. Que hacer política no sea ya el mejor negocio para tanta gente. Cientos de miles de políticos ignorantes, improductivos, corruptos y corruptores, mafiosos, se consumen en ellos mismos miles de millones mientras las universidades y los hospitales están detenidos en el tiempo y los pobres reproducidos como almácigos. Esto es lo primero, digamos para empezar.
Por último, ninguna oportunidad a quienes delinquieron. Juzgar a los que ya estuvieron y castigarlos duramente dentro de la ley, y utilizar en mejorar las escuelas y las universidades todo el dinero que robaron al pueblo y luego juzgar a los que sigan y a los que vengan después. A todos. Sin piedad, porque una sarta de ignorantes, frívolos, delincuentes y mafiosos nos están matando lo más preciado y quizás lo último que nos queda: el futuro de nuestros hijos.

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